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El Encuentro

     Se quería dormir, estaba en un estado de alerta, tenía miedo, no sabía de qué se trataba todo esto, no entendía porque esta mujer le parecía tan extraña y no entendía todavía por qué estaba en este lugar, en este pueblo tan extraño, eso le estaba atormentando, no podía pensar en otra cosa más que en eso y lo estaba obsesionando la idea de que nunca iba encontrar estas razones. Comenzó a sentir frío, cada vez era más escandaloso y más inaguantable, era demasiado.

Comenzó a escuchar voces, lo llamaban adentro en el parque, donde no se había atrevido a ir, en ese momento lo decidió, no sabía que pasaba, pero fue a averiguar qué era lo que lo estaba molestando, qué era lo que lo había hecho ir a este lugar, tan oscuro, tan tenebroso, tan frío, tan único. Comenzó a caminar, y cada vez la arboleda se ponía más y más espesa, el frío se hacía cada vez menos soportable, pero lo intrigaban las voces, no podía dejar de escucharlas, no podía dejar de seguir ese impulso que lo había hecho llegar a los límites de su cordura.

Llegó a un claro, era un lugar no menos tenebroso, pero insistía en no tener miedo, se mentalizaba para no sentirlo, entonces una sombra se comenzó a acercar, era una sombra de una persona de complexión extraña.  Conforme se iba acercando se iba dando cuenta de que esta sombra se estaba haciendo cada vez más grande y cada vez más deforme, no entendía como la sombra de alguien se podía ver tan horrible, quería retroceder pero estaba estático, no podía pensar en más que en el final de su rumbo por el pueblo, la plaza, el parque, pero por sobre todo aquella extraña mujer que le daba un sentimiento tan íntimo y  tan extraño.  Se acercó tanto que quedaron frente a frente, entonces lo pudo ver bien, y se dio cuenta de que era la bestia, la misma de la prisión, sintió miedo, pero tuvo el valor de enfrentarlo esta vez, lo vio a los ojos y no bajó la mirada.  La bestia, sonrió tétricamente y le dijo, con la misma voz tan penetrante: –Si te metes otra vez podrían haber consecuencias graves para tí–. Se dio la vuelta y desapareció entre los árboles y la oscuridad.  Él busco la banca otra vez para tener en donde dormir, y no entendiendo muy bien lo poco que le había dicho la bestia, pudo conciliar el sueño. 

En la mañana, antes del amanecer él ya estaba despierto, dispuesto a ir a buscar a la mujer.  Cuando salió el sol decidió ir a caminar y en el momento que pasaba por el puente la vio a lo lejos, conforme se iban acercando, ella lo fue reconociendo y él no le podía quitar la vista de encima.  Ella paró a medio puente decidida a que él le pudiera ir a decir algo, él se quedó paralizado, con el sentimiento que siempre había tenido cuando la veía, pero lo sentía mucho más fuerte de lo que lo había sentido alguna vez y no sabía de que se trataba.  Decidió ir a decirle algo, caminaba hacía ella y pensaba en que decir, pero su mente estaba en blanco, miró a todos lados y sólo estaba en medio del puente.

Se acercó lo suficiente y no fue él quien habló si no ella, le dijo: –Eres tú verdad–.  Después de esto él no dijo nada, ella siguió caminando y él la siguió a su par, por todo su recorrido por la plaza, después de la plaza hasta el callejón donde estaba su casa. 

Pasaron las semanas y ellos se seguían viendo, cada vez más, cada vez se iba él más tarde del callejón, cada vez las despedidas en la puerta de la casa eran más extensas. 

Una de las tantas tardes que pasaban juntos, estaban en el puente, hablando, sonriendo, cuando de repente ella cayó hincada, parecía que algo le causaba dolor algo que venía desde su espalda.   No sabía qué hacer, cuando vuelve a verla, mira las dos sombras otra vez atacándola desde la espalda, él intenta golpearlas pero esta vez no lo logra, ellos tienen más fuerza esta vez, entonces intenta huir con ella, la toma en sus brazos y comienza a correr , hacia el callejón donde ella vive, pero no puede quitárselos de encima, se esconde en otros muchos callejones del pueblo, hasta que los pierde de vista, él decide ir a dejar el cuerpo casi inerte hasta su casa, está desesperado, no puede perderla ahora que ya la conocía, que era parte de su vida.  La llevó hasta su casa, hasta su cama.  A la mitad de la noche ella despierta asustada, sudando frío y con un grito que lo despertó a él también.  Él la abraza y le dice: –Todo está bien–.  La besa, se abrazan de nuevo.

 

 

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